La Muerte en el cine

27 nov

La certeza de que la muerte es inevitable pasando por encima de estratos sociales o creencias religiosas convierten el fin de la vida terrenal en un elemento muy atractivo para el espectador ya desde los orígenes del cine.

La muerte ha estado personificada en múltiples formas en el cine a lo largo de su historia, y si bien el término Parca pertenece a la mitología clásica en forma de tres hilanderas que tejían las redes del destino, es más habitual ver una figura esquelética con capucha y guadaña que podemos encontrar a partir del siglo XV. Esta representación es habitualmente impersonal y fantasmagórica, imponiéndose a una víctima que habitualmente adopta una posición de sumisión respecto a este mensajero. Ya en la época muda el cineasta Fritz Lang mostró la Muerte en dos películas, “Hilde Warren und der tod” (1917), y “Las tres luces” (“Der müde tod”, 1921), siendo en esta última muy interesante la posibilidad de salvación que se le ofrece a la protagonista a cambio de superar tres retos.

"Las tres luces" (Fritz Lang, 1921)

“Las tres luces” (Fritz Lang, 1921)

El cineasta sueco Ingmar Bergman dará un paso más en la caracterización de esta figura maquiavélica, dotándola de una fuerte personalidad en su largometraje “El séptimo sello” (1957), en la que jugará una partida de ajedrez con un protagonista deseoso de obtener información existencial en sus últimos momentos de vida, utilizando Bergman la muerte para hacer una reflexión filosófica acerca del sentido de la vida. Esta representación será adoptada posteriormente por la industria de Hollywood como elemento terrorífico puramente mainstream en largometrajes tan dispares como “Las aventuras del Barón Münchausen” (“The adventures of Baron Münchausen, Terry Gilliam, 1988) o “Agárrame esos fantasmas” (“The frighteners, Peter Jackson, 1996), o en clave paródica en “El alucinante viaje de Bill y Ted” (“Bill & Ted´s bogus journey”, Peter Hewitt, 1991) “El último gran héroe” (“Last action hero, John McTiernan, 1993), donde se juega con la iconografía de Bergman hasta el punto de que en la película de McTiernan, en la que se establece un divertido juego de cine dentro del cine, Ian McKellen interpreta literalmente al personaje de “El último sello”, sacado de la pantalla a la vida real gracias a una entrada de cine mágica. Mención aparte para el “Cuento de navidad” de Charles Dickens, donde habitualmente el fantasma de la navidad del futuro presenta estas características.

"El séptimo sello" (Ingmar Bergman, 1957)

“El séptimo sello” (Ingmar Bergman, 1957)

Pero la Muerte no sólo aparece representada con esta iconografía cadavérica. En ocasiones se ha visto encarnada en personajes aparentemente normales. En “La muerte de vacaciones” (“Death takes a Holiday”, Mitchell Leisen, 1934), es un hombre que busca a un millonario acompañándole en sus últimos días con la intención de averiguar por qué quiere vivir. Martin Brest perpetró en 1998 un horrendo remake protagonizado por Brad Pitt y Anthony Hopkins, pero son muchos los ejemplos, desde “La carreta fantasma” (“Körkarlen”, Victor Sjöström, 1924), en la que uno de los protagonistas terminará asumiendo el fatídico rol por una maldición, hasta la presencia de la muerte como mujer, relacionada directamente con la mitología clásica que encontramos en películas como “Fährmann Maria” (Frank Wisbar, 1936), “La dama de las nieves” (“Perinbaba, frau holle”, Juraj Jakubisko, 1985) o “Dead End” (Jean-Baptiste Andrea, Fabrice Canepa, 2003), entre muchas otras. En “Empieza el espectáculo” (“All that jazz”, Bob Fosse, 1979), el personaje de Roy Scheider dialoga durante toda la película con la muerte encarnada en Jessica Lange. Entre ambos se establece una relación de complicidad que desembocará en la asimilación de su propia muerte por parte del personaje principal.

"Empieza el espectáculo" (Bob Fosse, 1979)

“Empieza el espectáculo” (Bob Fosse, 1979)

La lista de cineastas importantes que han personificado a la muerte en sus películas es muy amplia. Desde Cecil B. Demille en las dos adaptaciones de “Los diez mandamientos” (1923 y 1956), a Woody Allen en “La última noche de Boris Grushenko” (“Love and death”, 1975) y en “Scoop” (2003), Tim Burton en “La novia cadáver” (“Tim Burton´s Corpse Bride”, 2005), Jean Cocteau en “Orfeo” (“Orphée”, 1950), Gonzalo Suárez en “El detective y la muerte” (1994) o Clint Eastwood en “El jinete pálido” (“Pale rider”, 1985), la presencia de esta parca que llega siempre para arrastrar algún personaje hacia otro lugar siempre será atractiva para el mundo del cine.

Pedro del Río

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